Meir y la nave Soyuz en dirección a la Estación Espacial. La comida llega en cohetes de aprovisionamiento.
Meir y la nave Soyuz en dirección a la Estación Espacial. La comida llega en cohetes de aprovisionamiento.
AFP
 Meir tras aterrizar en la Tierra. Los cuatro miembros de la NASA que los esperaban habían estado confinados para recibirla.

"Si hubiera dependido de mí, nunca habría vuelto a la Tierra"

Jessica Meir, estadounidense hija de padre israelí, pasó 205 días en el espacio, y regresó a un mundo completamente diferente. Después de una semana de confinamiento, sin poder abrazar a su madre, cuenta por qué es mejor estar desconectada en el espacio.

Tsipi Ssmilovich - Adaptado por Beatriz Oberlander |
Published: 12.06.20 , 14:20
Al caer la tarde del 17 de abril, el sol comenzaba a brillar sobre la ciudad de Zhezkazgán, en Kazajstán, cuando se abrió la puerta de la cápsula de descenso del espacio que acababa de aterrizar desde otro mundo. Adentro había tres astronautas exhaustos –dos hombres y una mujer– y transpirando a mares debido al ingreso a la atmósfera ardiente. Tan sólo cuatro horas antes aún flotaban en el espacio, y en ese momento no tenían fuerzas para dar un solo paso por sí mismos.
Cuatro miembros de la NASA sacaron con mucho cuidado a Jessica Meir de la pequeña cápsula de descenso, y la sentaron en una especie de cómodo sillón que la esperaba. Uno de los hombres le colocó rápidamente un abrigo encima. Otro le dio una barrita de energía. Una doctora le puso en la mano un instrumento para medir las pulsaciones y la presión arterial. Una cuarta persona le pasó una toalla por la frente mojada por la transpiración, y Meir sonreía y decía “muchas gracias”. Le pusieron un teléfono en la mano para que pudiera hablar con su madre, que vive del otro lado del océano, en el estado de Maine. En la otra mano le pusieron lentes de sol para que protegiera sus ojos asombrados, y también para ocultar una lágrima o dos que asomaron al respirar las primeras bocanadas de aire puro después de 205 días.
 Meir tras aterrizar en la Tierra. Los cuatro miembros de la NASA que los esperaban habían estado confinados para recibirla.  Meir tras aterrizar en la Tierra. Los cuatro miembros de la NASA que los esperaban habían estado confinados para recibirla.
Meir tras aterrizar en la Tierra. Los cuatro miembros de la NASA que los esperaban habían estado confinados para recibirla.
(NASA)
“El regreso a la atmósfera fuera incluso más intenso que la salida”, dice ahora Meir, totalmente recuperada, en una conversación desde el Centro de Comunicaciones de la base de la NASA en Houston (Texas). “Es una cápsula de descenso muy pequeña para tres personas. La cabeza de cada uno está pegada a la ventana, y alrededor todo arde. Yo estaba preparada para todo, y sabía que eso era normal y que iba a ser así. Pero cuando ocurre, es bastante inconcebible”.
Pregunta: Y en ese momento cuando se abrió la escotilla, ¿qué fue lo primero que vio?
Respuesta: “Mucha gente con mascarillas”.
Cuando Meir fue lanzada desde la Tierra al espacio, en septiembre del año pasado, sabía exactamente qué le esperaba en el aterrizaje de regreso. Lo único que no estaba programado era que todas las personas que la esperaban llevaran mascarillas. En siete meses, Meir pasó por tres mundos completamente distintos: la Tierra de la que salió, el espacio al que viajó y la Tierra a la que regresó.
“Aunque es la primera vez que vuelvo del espacio, sabíamos que regresábamos a un planeta completamente distinto”, dice Meir, una sonriente astronauta de 42 años. “Llevábamos varios meses arriba cuando comenzó todo esto –la pandemia–, y nuestra sorpresa no fue diferente a la de la gente que estaba abajo. Nos llegaban noticias, hablábamos con la familia y nos dimos cuenta que se trataba de una pandemia. Pero era realmente difícil digerir esto desde arriba. Fue incluso un tanto surrealista porque cuando mirábamos hacia fuera por la ventana, la Tierra tenía el mismo aspecto de siempre: bella, asombrosa y serena”.
–¿Lo que sucedió aquí cambió el orden del día de ustedes allá arriba?
–No. Seguimos con nuestro trabajo normal, al que dedicábamos doce horas al día. Eran ensayos y trabajos de mantenimiento. Había poco tiempo libre para pensar en la pandemia, y si no hubiéramos tenido acceso a las noticias no habríamos sabido nada. A partir de cierto momento, empecé a grabar las conversaciones que teníamos, a fin de que hubiera un testimonio de esa época. Nos dimos cuenta de que se trataba de algo inusual, y que nos perturbaba lo que ocurría abajo sin estar preparados para ello.
Meir en la nave espacial. “Desde la ventana, la Tierra tenía el mismo aspecto de siempre: bella, asombrosa y serena”. Meir en la nave espacial. “Desde la ventana, la Tierra tenía el mismo aspecto de siempre: bella, asombrosa y serena”.
Meir en la nave espacial. “Desde la ventana, la Tierra tenía el mismo aspecto de siempre: bella, asombrosa y serena”.
(NASA)
–Había cierto parecido entre nosotros y ustedes. Tanto unos como otros estábamos encerrados...
–Pienso que me habría sentido más aislada si hubiera estado confinada en la Tierra. Estar arriba es algo para lo que nos habíamos preparado; no me sentí aislada en ningún momento porque seguía estando físicamente cerca de las personas con las que vivía, y veía la Tierra debajo de mí hermosa como siempre. Creo que sería mucho más duro haber estado en casa y ver de cerca el dolor que hay en todo el mundo, hablar con los familiares y los amigos que viven cerca sólo por video, y no poder verlos y reunirnos con ellos. Tuvimos que prepararnos para lo que nos esperaba abajo. Una se va de la Tierra cuando ésta se encuentra en una situación determinada, y vuelve al cabo de siete meses cuando la situación es completamente distinta.
–Y no poder abrazar a nadie.
–Cuando volvimos, nos aislamos durante una semana, y otras personas de la NASA se encerraron antes de nuestra llegada porque su función era recibirnos y ocuparse de nosotros los primeros días. Después de siete meses flotando en el espacio, lleva tiempo recuperar la estabilidad en el suelo. Una levanta el iPhone por vez primera vez después de mucho tiempo, y resulta muy pesado. A veces necesitaba ayuda simplemente para caminar sin perder el equilibrio. Todos estaban allí para ayudarnos, y a ellos los pude abrazar con todas mis fuerzas.
Los astronautas no se vuelven famosos a menos que hayan sido los primeros en hacer algo. Como Neil Armstrong y John Glenn, o si Tom Hanks los encarnara en una película. En la mayoría de los casos, se trata de científicos sumamente serios y formales, y no muy carismáticos. No les interesan las vanidades de este mundo, y son bastante pagados de sí mismos. Pero de todos modos, hay muy pocos como ellos.
Pero Jessica Meir es diferente. Tiene algo de estrella, pero de manera natural. No está en pose, es comunicativa y optimista. Y disfruta cada momento que está en este mundo… y fuera de éste. No es casualidad que en los siete meses que estuvo en el espacio se convirtiera en una estrella en las redes sociales. Unos 250.000 seguidores en Twitter y 330.000 en Instagram recibieron de ella cantidades industriales de impresionantes historias del espacio, y de vez en cuando comentarios acerca de que otros científicos le huían. “También los científicos tenemos sentimientos”, dice ahora con una sonrisa.
Meir despegó hacia la Estación Espacial Internacional el 25 de septiembre del 2019. Fue la 65ª mujer de la historia. Tiene doble ciudadanía estadounidense y sueca. Y se registró como la primera mujer sueca en el espacio. Y como hija de un padre judío que luchó en la Guerra de la Independencia de Israel también fue, naturalmente, una especie de representante israelí, aun cuando nadie se lo dijo formalmente. En su pequeña nave espacial, que atraviesa fronteras, estaba también Haza al Mansuri, el primer astronauta musulmán de los Emiratos Árabes Unidos.
También los científicos tenemos sentimientos". También los científicos tenemos sentimientos".
"También los científicos tenemos sentimientos".
(AP)
En el año 2009, Jessica Meir llegó a la última fase de selección de la NASA, y quedó fuera de la lista definitiva, lo que le destrozó el corazón. Cuatro años después, cuando se abrió otra vez la selección, entró hesitando y con pocas expectativas. Pero cuando estaba acostada en la parte izquierda de la nave Soyuz rusa y esperaba el despegue, no tuvo tiempo para pensar en el largo camino lleno de obstáculos que la llevó hasta allí. Todo su cuerpo estaba centrado en la tarea, en la misión, y los músculos de la memoria se pusieron en marcha para hacer todo aquello para lo que se había preparado durante años.
–¿Tuvo miedo?
–No tuve miedo aunque al parecer debía haberlo sentido. Pienso que no tengo el gen del miedo. Estaba sobre todo emocionada. El miedo de los astronautas no está relacionado con la posibilidad de que ocurra algo malo, sino con que cometamos un error tras los largos meses de entrenamiento con simuladores. Estaba en el asiento izquierdo de la nave, de hecho era la copiloto, y tenía tantas cosas que hacer antes del despegue... Tenía que recordarme a mí misma una y otra vez que era de verdad, real, pero es difícil convencer al cerebro, que piensa que es un entrenamiento más. Solamente cuando el cohete se mueve en dirección a la plataforma de lanzamiento o hace un ruido fuerte parecido a un gruñido, una se da cuenta que lo que está ocurriendo es de verdad, y que ahora realmente no hay que cometer errores.
–Después del despegue ¿es como un vuelo normal?
–No. Entre otras cosas porque una, naturalmente, no está sentada como en una cabina de pilotos normal. Y además porque hay momentos en los que se perciben movimientos de una intensidad que no se parecen en nada a los de un vuelo normal. Partes del cohete se van cayendo en el camino, una lo ve por la ventana y lo percibe perfectamente. En un vuelo normal, una no quiere ver que partes del avión se caen, pero en este caso es lo que tiene que suceder.
–¿Cuánto tiempo lleva un viaje como éste?
–Dimos la vuelta a la Tierra cuatro veces antes de llegar al lugar de aterrizaje en la Estación Espacial Internacional, y todo eso llevó sólo seis horas.
–Es realmente rápido. Se ve que apretaron el acelerador…
–Y eso que no conocíamos el camino. La verdad es que pensé que en esas seis horas habría algo de tiempo libre y podría estirarme un poco. Pero estaba como comprimida en un lugar muy pequeño. Sin embargo, el vuelo se pasó muy rápido.
–¿Cuándo se dio cuenta de que ya no estaban en Houston?
–Hay un momento en el que de repente está todo claro, y se ve la Tierra por la ventana por primera vez. Se junta todo lo que he soñado desde que tenía cinco años, y es impresionante. El siguiente momento extraordinario es el de la pérdida de la fuerza de la gravedad. No se sabe cuándo sucederá; es muy repentino. Se siente una especie de empujón, y enseguida una se da vuelta en el aire. No sólo yo. Todo alrededor vuela, los líquidos del organismo cuerpo se agitan y la sangre fluye hacia la cabeza. Las motas de polvo del suelo de la nave vuelan hacia arriba, y cuesta saber cómo reaccionar. Todos los hechos, los números y las teorías que había estudiado toda la vida no me prepararon para ese momento. Miré a Ali Hazza, de los Emiratos Árabes Unidos, y vi en sus ojos una mirada que supuse que había asimismo en los míos. Es una sensación que no te abandona nunca; ni siquiera en siete meses una se acostumbra a flotar.
Hace más de 21 años que la Estación Espacial Internacional (ISS, según la sigla en inglés) da vueltas alrededor de la Tierra a una altura de 410 kilómetros y con una velocidad de siete kilómetros y medio por segundo. Astronautas de todo el mundo vienen y van para pasar allí unos días, meses o años. Hay entre tres y nueve personas de manera permanente en la ISS, un símbolo extraordinario, cada vez menos habitual, de la capacidad de personas de todo el mundo de trabajar juntos. Meir, que es bióloga, ha hecho viajes para participar en experimentos sobre la fisiología de la comida. Científicos buscan la forma de elaborar comida en el espacio, también como parte del muy lento proceso que culminará con el viaje del hombre a Marte.
Maradona y sobreviviente holocaustoMaradona y sobreviviente holocausto
Meir en la nave espacial: "No tengo el gen del miedo".
(NASA)
Pero Meir tenía por añadidura otro objetivo: ser parte del hecho histórico de dos mujeres caminando por primera vez en el espacio. Meir y Christina Koch, una astronauta estadounidense que ya estaba en la Estación Espacial Internacional cuando llegó Meir. Ambas salieron a dar tres paseos fuera de la Estación. En un video de Skype se ve que sus ojos lanzan fuego cuando habla de vivencia.
“Caminar en el espacio es algo que había imaginado la vida”, comenta. “El problema es que cuando eso sucede, una está totalmente concentrada en la tarea, en los pequeños retoques que hay que hacer, en medir y en el uso correcto del traje espacial. Una sale fuera y mira hacia abajo, y todo lo que se ve son las propias botas y debajo de éstas la Tierra. En ese momento, desde el punto de vista psicológico y emocional una se queda sin respiración, físicamente el cuerpo está completamente programado para lo que tiene que hacer”.
–Cuando estuvo afuera, ¿pensó en que dos mujeres harían historia al caminar juntas en el espacio por primera vez?
–Por supuesto. Christina y yo nos miramos una a la otra porque sabíamos que estábamos viviendo una experiencia que no tiene precedentes y que muy pocas personas han tenido en la vida. Me tomé unos momentos para mirar en dirección a la Tierra, y tratar de tomar conciencia de dónde estaba. El paisaje que veíamos era increíble. Ver la salida y la puesta del sol desde esa altura, las luces de ciudades que se reconocen; es abrumador.
Desde que se creó la NASA, en el año 1958, sólo a 350 personas se les dio la oportunidad de convertirse en astronautas. Y sólo el 16 por ciento de los astronautas en la historia fueron mujeres. Y sólo un 14 por ciento realmente viajaron al espacio. En el último grupo de “licenciados” de la NASA hubo más mujeres que nunca. Pero el camino es aún muy largo. Y al igual que en la Tierra, también arriba es más difícil ser mujer. Y mientras que lavarse los dientes en el espacio es un reto que está más allá de ser hombre o mujer, lavarse la cabeza o tener el período es otra cosa.
El 80 por ciento del agua en la Estación Espacial reciclada, lo que significa que allí cada gota cuenta. Nos lavamos la cara con contadas gotas de agua y un toque de jabón. Nos lavamos los dientes como siempre, pero sin agua corriente. Se conecta una bolsa de plástico al dispositivo de agua para beber y se llena, se ponen algunas gotas en el cepillo y una empieza a lavarse los dientes. Pero dado que no hay un lavabo, no queda más remedio que tragarse la pasta de dientes. El cepillo se limpia con la bolsa de agua. Tampoco hay duchas. Lo que hay son toallas especiales que se llenan de antemano con jabón, y se agrega agua caliente.
Todo esto, naturalmente, es muy incómodo, pero nada perturbó la felicidad de Meir. Ella incluso quedó encantada del efecto que tuvo la ausencia de fuerza de gravedad en sus famosos rizos. “Me gustó mucho mi pelo espacial”, dice. Era tanto más fácil lavarlo... Me ponía unas gotas de agua, champú, me lavaba y me secaba. Y he aquí que aparecían los rizos... Hay que acordarse de recoger el pelo que se cayó durante el lavado porque de otro modo flotaría por toda la Estación Espacial”.
–Aquí, en la Tierra, la gente se quejaba porque no podía ir a la peluquería, y usted no se cortó el pelo en siete meses.
–Estaba más ocupada analizando la diferencia entre la forma de mis rizos allá arriba, en comparación con la forma que tienen en la Tierra. Y llegué a la conclusión de que prefiero la versión espacial.
NASA les permite a las astronautas mujeres que decidan si quieren que, antes del viaje, se les interrumpa el período con fármacos o sustitutos hormonales. A la mujer que decide llevarse consigo la molestia mensual, NASA les da toallas sanitarias y tampones, y las astronautas naturalmente pasan tiempo intercambiando secretos de supervivencia. Por lo que se sabe, en la Estación Espacial no se mantienen relaciones sexuales, y se saca fuera la energía con muchas horas de gimnasia.
Uno de los efectos que tiene la permanencia en el espacio es el debilitamiento del sistema inmunitario, lo que puede despertar virus dormidos. Otro peligro en lo que respecta a la salud es que se reduce mucho la densidad de los huesos y de la masa muscular. “En la Tierra, incluso cuando estamos sentados, los huesos y los músculos están en movimiento, pero en el espacio no existe esa posibilidad, por lo que los huesos comienzan a perder calcio y es necesario hacer gimnasia”.
Meir y la nave Soyuz en dirección a la Estación Espacial. La comida llega en cohetes de aprovisionamiento. Meir y la nave Soyuz en dirección a la Estación Espacial. La comida llega en cohetes de aprovisionamiento.
Meir y la nave Soyuz en dirección a la Estación Espacial. La comida llega en cohetes de aprovisionamiento.
(AFP)
Meir hacía gimnasia dos horas al día, el tiempo mínimo requerido por la NASA. La hacía ligada a un andador o a una bicicleta. Y sobre todo levantaba pesas. La astronauta transpiraba como se transpira en el espacio: surge una burbuja sudor en el cuerpo, y sencillamente se la sacude de encima. Todo ese trabajo no impidió que los primeros días de regreso a la Tierra fueran muy cansadores. “Lo que arriba da la sensación de estar muy en forma, en la Tierra se siente como debilidad”, reconoce. “Incluso un simple paseo al aire libre puede ser agotador los primeros días”.
–¿Qué se come allí? ¿Y cómo llega la comida?
–En cohetes de aprovisionamiento.
–Ah, envíos del supermercado.
–Exactamente. Hay comidas preparadas que sólo hay que calentar. O latas de conservas. Hay algunas verduras, e incluso conseguimos cultivar lechuga en la Estación Espacial. La verdad es que la NASA progresó mucho en todo lo relacionado con la comida, pero los días están tan llenos de adrenalina que realmente no importa lo que se come. Cuando puedes volar, todo lo demás desaparece y se vuelve a ser una niña otra vez.
El padre de Meir, Yosef, nació en Bagdad, emigró a Israel cuando tenía 6 años y más tarde se fue con su familia a Suecia. Volvió a Israel para luchar en la Guerra de la Independencia, donde se desempeñó como conductor de ambulancias. Cuenta la leyenda de la familia que fue él quien llevó a Israel la primera motoneta Vespa. Después de la guerra regresó a Suecia, estudió Medicina, conoció a Ulla Britt, una mujer cristiana, y se casaron. Cuando Yosef Meir recibió una propuesta de trabajo en Caribou, en el estado de Maine, el matrimonio se mudó allí con toda la familia. Allí criaron a cinco hijos. Jessica es la más joven.
Jessica dice que su padre no le contó mucho sobre su pasado, pero sí hablaba a menudo de Israel. “A mi pesar, era una persona que no hablaba mucho; tenía esa personalidad. Murió hace algunos años, y desde entonces descubro todo el tiempo algo más sobre él. Lamento tanto que no nos haya contado más…” Jessica Meir visitó Israel por primera vez en la década del ’90, cuando era una estudiante de secundaria, y naturalmente se enamoró de la comida israelí. “Me gusta tanto la tejina [ingrediente a base de semillas de sésamo, que se consume como salsa o en ensalada] israelí”, dice. “No hay nada parecido en el espacio, y ni siquiera en Estados Unidos”.
Su última visita a Israel fue hace cuatro años, a fin de participar en una numerosa reunión de toda la familia en la casa de uno de sus tíos. Todos fueron para ver al orgullo de la familia, pero ella no sabía que lo era. Tampoco sabía que tiene 36 primos por parte de padre.
La medalla que Jessica Meir llevó a Israel en memoria de Ilan Ramón [astronauta israelí que falleció el 1º de febrero del 2003 en la tragedia del transbordador espacial Columbia] . La medalla que Jessica Meir llevó a Israel en memoria de Ilan Ramón [astronauta israelí que falleció el 1º de febrero del 2003 en la tragedia del transbordador espacial Columbia] .
La medalla que Jessica Meir llevó a Israel en memoria de Ilan Ramón [astronauta israelí que falleció el 1º de febrero del 2003 en la tragedia del transbordador espacial Columbia].
(Instagram)
Jessica llevó postales de Israel a la Estación Espacial Internacional, una medalla en memoria de Ilan Ramón y un cuadro que pintó su viuda, Rona Ramón, que falleció varios años después. “Yo no soy israelí y tampoco una persona religiosa, pero Israel y el judaísmo son muy importantes para mí”, dice Meir. “Saqué muchísimas fotos de Israel desde el espacio, y pienso publicarlas cuando las cosas estén más tranquilas. Cada vez que pasábamos por encima de Oriente Medio, que es una zona fácil de reconocer desde arriba, pensé en que desde el espacio no se ven todas las fronteras que ha creado el hombre”.
Cuando estaba en la escuela, Jessica Meir ya sabía lo que quería ser. Cuando le pedían que dibujara lo que iba a hacer cuando fuera grande, dibujaba una astronauta en la luna con una bandera en la mano. “Le decía a papá y mamá que iba a ser astronauta; lo decía siempre”, comentó Meir antes de despegar hacia el espacio. “Mis padres, los maestros; todos me apoyaron. Pero no diría que ellos estaban seguros de que eso iba a suceder. No tenían ningún motivo para pensarlo. Mi padre y mi madre eran inmigrantes, y vivíamos en el lejano estado de Maine. No es que tuviéramos relaciones con la NASA. Mis posibilidades eran realmente pocas. Y es sabido que todos los niños quieren ser astronautas”.
Meir estudió en la elitista Universidad de Brown, y en el acto de fin de curso sus padres llevaban un cartel en el que se leía: “Felicidades, niña del espacio”. Después obtuvo títulos académicos más importantes: del Instituto de Oceanografía Scripps, de San Diego, y de la Universidad Internacional del Espacio, de Francia. Entre uno y otro, se formó como anestesista en la Facultad de Medicina de la Universidad de Harvard. Es una gran amante de la aventura, y también le interesa mucho la reacción del organismo humano a ambientes extremos. Entre otros viajes, fue a la Antártida para estudiar cómo se adaptan los pingüinos a largas inmersiones en el agua. Y llevó un grupo de gansos al Himalaya para ver cómo respondían a la altura.
Este amor a la aventura tal vez explique por qué se siente perdida desde que regresó a la Tierra. ¿Qué hacer después de que se cumple el sueño más grande de uno? “Estoy aquí desde hace un mes, y ya pienso más en cuándo podré estar otra vez en el espacio que en cómo adaptarme a la Tierra”, dice. “Estuve sonriendo siete meses seguidos, algo que no recuerdo que me sucediera nunca en la Tierra. Disfruté de cada momento. No me aburrí ni un solo segundo. Me despertaba por la mañana, flotaba en el aire, me sentaba junto a la ventana y miraba en dirección a la Tierra. “Si hubiera dependido de mí, nunca habría vuelto”.
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