Charlotte de Grunberg
Charlotte de Grunberg
Leonardo Palla
Charlotte de Grunberg

"Utilizo mis heridas para intentar ayudar a otros"

Charlotte de Grunberg sobrevivió al Holocausto y hoy combate el negacionismo y el antisemitismo. Lo hace desde la dirección general de la Universidad ORT Uruguay, país al que llegó escapando de la barbarie nazi. Su vida, la educación judía, y los desafíos que aún la motivan, en entrevista exclusiva con Ynet Español.

Pablo Londinsky |
Updated: 19.11.19 , 13:52
Lo primero que hace cada mañana al levantarse es verificar la agenda del día. “Eso incluye muchas llamadas telefónicas”, señala la directora general de la Universidad ORT en Uruguay, Charlotte de Grunberg, en diálogo exclusivo con Ynet Español. “Enseguida leo los diarios y me dispongo a hacer gimnasia. Recién después me traslado a mi oficina donde suelo generar reuniones –vinculadas a lo comunitario y a lo profesional- en el transcurso de la tarde. Intento no asumir compromisos en horario nocturno: me gusta mucho leer y ese es el mejor momento del día para hacerlo”.
La vida de Charlotte de Grunberg es una estupenda manifestación de perseverancia y superación: perseguida por el régimen nazi, se vio obligada a huir de su Bélgica natal atravesando situaciones extremas de supervivencia que la llevaron incluso a esconderse en un ropero para evitar la deportación y el exterminio seguro.
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Charlotte de Grunberg
(Leonardo Palla)
Su conmovedor testimonio fue eje del libro “La niña que miraba los trenes partir” publicado en 2016 por el Ing. Ruperto Long, quien consiguió que Grunberg testimoniara, por primera vez, las duras peripecias que debió atravesar en su Europa natal.
Tras su desembarco en Sudamérica, como cientos de miles de inmigrantes, Grunberg debió reconstruir su vida. En ese camino se encontró con una institución educativa señera, creada en 1880 como una organización judía de trabajo agrícola y artesanal.
¿Cuál fue su primer vínculo con la organización ORT?
“Mi primer contacto se dio hace ya más de cuarenta años. Yo supe especializarme en Francia en enseñanza audiovisual de segundas lenguas. Era un terreno absolutamente novedoso que de inmediato captó mi interés. En la década del sesenta, me capacité durante un año entero en la enseñanza regular del idioma. Yo no sabía mucho sobre ORT cuando me entero de la existencia, en su poder, de un laboratorio de lenguas, un instrumento fundamental para esta disciplina. Me animé a pedir en préstamo a ORT material que pudiera servirme como punto de partida para poder lograr una adaptación de ese sistema. Lo asumí como quien realiza un ejercicio matemático. Me dispuse así a analizar la viabilidad de aquel laboratorio, y como contrapartida me solicitaron la elaboración de un informe: querían saber porqué ellos no habían podido poner en funcionamiento aquel laboratorio. Y así produje un reporte que terminó llegando a Francia, y acabó en la mismísima sede de ORT en Suiza”.
Grunberg lamenta hoy haber extraviado aquel documento que –en definitiva- terminó abriéndole las puertas de la academia que hoy lidera. “En ese momento ORT mundial resolvió mi contratación. Calificaron el informe, y una delegación arribó a Uruguay para ofrecerme la jefatura de su departamento de lenguas que acepté pero a tiempo parcial, porque en aquel entonces trabajaba como voluntaria en el Hospital de Clínicas de Montevideo, aplicando los conocimientos que había adquirido en lingüística para el tratamiento de pacientes con problemas de lenguaje. Aquella resultó ser una experiencia extraordinaria que posteriormente debí abandonar”.
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Charlotte de Grunberg sobrevivió al Holocausto y hoy lidera la Univerisdad ORT Uruguay
(Leonardo Palla)
El novel departamento de lenguas de ORT, con Grunberg a la cabeza, creció de modo exponencial. Tanto es así “que empezamos con cinco alumnos y crecimos hasta alcanzar prácticamente los cien”. Ese éxito le valió una nueva visita por parte de las autoridades de ORT. Pero en esta oportunidad llegaron a Uruguay para ofrecerle la dirección general de la institución. “Entonces renuncié al Hospital y acepté el ofrecimiento. Había mucho por hacer”.
¿Se dio cuenta en ese momento del simbolismo que representaba ese ofrecimiento? Una sobreviviente del Holocausto liderando una institución educativa judía en la diáspora…
Yo creo que no tuve conciencia clara en ese momento. Recién en ese entonces me puse a leer sobre la historia de ORT, y sentí aún más la importancia que representaba formar parte de esa organización. Esta institución -cuyos orígenes se remontan a 1880- surge como un movimiento de aristócratas que se vio decidido a liberar los guettos rusos a través de la enseñanza de oficios. No pensaron, por ejemplo, en crear yeshivot, sino que el concepto era otro. Era el de trabajar para poder llevar el pan a la mesa, para poder escapar del encierro. Toda aquella historia me fascinó. Y después de todo lo que había vivido, recibir una propuesta de ese tipo me conmovió. Incluso, aún cuando inicialmente resultara por demás complicado. No había dinero, teníamos muchas necesidades. Pero era indispensable poder crear algo que tuviera un sentido, que fuera capaz de ofrecer a la sociedad nacional lo que hiciera falta a los ciudadanos, incluyendo por supuesto a sus integrantes judíos. Para ello debimos apelar a la creatividad. Cuando ingresé solo había cursos en electrónica básica y algo de mecánica. Yo siempre apunté a la educación terciaria, no había sentido en competir con los bachilleratos ya instaurados. En determinado momento el Estado abrió un bachillerato técnico y yo decidí tomar eso. Eso estaba dentro de lo lógico para el contexto del momento. Empezamos a salir del mundo secundario, instalando carreras técnicas que me resultaban una buena opción para el país. Fuimos los primeros en instalar cursos post-secundarios, y recorrimos un camino que culminó en el proceso de aprobación como primera universidad privada del país.
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Charlotte de Grunberg sobrevivió al Holocausto escapando de Béligca
(Leonardo Palla)
Hay una contribución que usted hace a la sociedad uruguaya ¿se sentía en deuda con ella?
Sí, de cierto modo lo siento así. Cuando yo llegué en 1953 tenía mis estudios secundarios, tenia bachillerato francés, pero no tenía ninguna certificación de primaria, porque había coincidido con el periodo en que los alumnos judíos fuimos expulsados de las escuelas. No la había podido terminar, y luego tuve que pasar escapando durante cuatro años. Al regresar a mi Bélgica natal, ingresé directamente al secundario. Pero pensé que en cualquier lugar me pedirían primaria y secundaria completa, y aquí me aceptaron sin ello, solo me requirieron una prueba de ingreso. Me apunté en idiomas, francés e inglés. Superé ambas y así fue aceptado mi ingreso. Ahí me di cuenta que Uruguay era un país abierto, que no se ataba a los papeles. Era evidente que con secundaria terminada había adquirido nociones básicas en primaria. Tuve la suerte de tener padres inteligentes, pero que no podían enseñarme mucho. Era difícil que pudieran tomarse el tiempo para ello: estuvimos en no menos de diez lugares diferentes. Lo mío fue el aprendizaje de la calle. No teníamos papeles, ni identidades ¡No existíamos! Es difícil imaginarse cómo se puede vivir de ese modo. Si uno no está vinculado a una escuela, a una institución, a una identidad, no es nada. Y la identidad que más nos representaba, que era la judía, no la podíamos utilizar.
Usted viaja a Israel por primera vez en 1963 ¿cuánto de lo observado allí conservó para replicar en la universidad?
En lo profesional no hubo mucho. En lo afectivo, sí. Para alguien que tuvo una infancia como la que yo viví, la declaración de independencia del Estado de Israel en 1948 fue un renacimiento. No hay otra palabra para definirlo. Yo no quedé enojada con Bélgica ni con Francia –incluso sigo votando en las elecciones belgas- y tengo agradecimiento hacia ellos. Estos países fueron ocupados y lamentablemente el ser humano, frente a situaciones extremas, tiende a actuar en favor de quien ocupa. No puedo guardarles rencor. Sin embargo, es otro el sentimiento para con Alemania. Yo hablaba perfectamente alemán, era una lengua obligatoria en Bélgica, pero nunca lo he podido volver a hablar. Recién ahora me doy cuenta que mantengo las nociones de esa lengua. Ese es el único rencor que conservo. El del idioma, porque lo relaciono a los hombres con los que yo tuve que enfrentarme. El nacimiento de Israel me dio una sensación de seguridad, de ser un lugar en el que puedo no volver a sentir temor.
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Charlotte de Grunberg: "El nacimiento de Israel me dio una sensación de seguridad"
(Leonardo Palla)
¿Qué le generó la publicación del libro que narra las vicisitudes de su infancia?
Me liberó. Porque pude describir lo importante, pude hablar sobre ese grito de agonía que debe haber pasado toda la gente que sufrió pero, sobre todo, haciendo énfasis en mis contemporáneos: los niños. ¡Qué horror que fue vivir el horror! El niño escondido tuvo la suerte de no padecer el campo de la muerte. Pero todos tuvimos en común que la muerte era el único elemento estable. Lo otro fue la humillación, era de un tamaño descomunal. El ser humano no sobrevive a la humillación. Era algo degradante y permanente: el grito, las botas, el maltrato, la vergüenza. No supimos nada de los que murieron, pero aún gritamos por ellos. Yo sé lo que padecieron. En mi familia algunos tuvimos suerte, otros no.
¿De dónde viene esa fortaleza que la ha acompañado desde pequeña?
Hay gente más fuerte que otra. No todo el mundo es igual en ese sentido. Yo tengo una prima que pasó en Bélgica todo ese periodo escondida en un convento. Era una chica que venía de una familia muy judía, no religiosa, pero si conservadora. Sobrevivió y no tuvo problemas para estudiar. Ha tenido mucho más dificultad que yo en adaptarse, pese a que vive desde hace muchos años en Estados Unidos. Es curioso, ella ha quedado mucho más herida que yo. Pero yo utilizo mis heridas para intentar ayudar a otros. Ella quedó prácticamente impedida de casi todo. Quedó paralizada. En la adolescencia ella vivía en Amberes, y yo en Lieja. Pasábamos las vacaciones juntas. Yo he buscado aquella alegría en ella, pero no se la he vuelto a encontrar.
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Charlotte de Grunberg enseña un recorte periodístico sobre la contribución de Albert Einstein a la educación judía
(Leonardo Palla)
Su hijo, Jorge, ejerce como rector de la universidad, usted no tiene necesidad de seguir yendo a diario a la institución, manteniéndose laboralmente activa, ¿qué la motiva a continuar con esta tarea?
Concentro mucho de mi trabajo en tratar de combatir el negacionismo y el antisemitismo, y la universidad es un gran instrumento para ello. Y eso no es política. Yo quiero a la organización lejos de toda política partidaria. Nosotros rescatamos en el arte, en la filosofía, en la literatura todo lo que pueda servir para trabajar en contra de ese movimiento negador y antisemita.
First published: 13:52 , 19.11.19
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